Como productor de El día que Lio se cansó de hacer goles una de las recompensas que me correspondía era una cuadro de honor con un texto sobre mi, sobre fútbol, escrito por el autor, Leandro Rojas. Ayer lo publicó. Impresionante. Y verídico.

Aguarda hasta el último instante. No evidencia sus movimientos. Su cuerpo finge posturas estáticas, lentas, predecibles. Pero su mente elabora instantáneamente, resuelve en pocos metros, ejecuta ante lo imprevisto. Mueve como un gran ajedrecista: produce por un lado y resuelve por el otro. Está ahí, apoyado en el palo derecho, a punto de entrar en acción. Los diálogos con el arquero y el otro stopper de turno son jugosísimos. Se conversa de música, libros, Internet y algún chisme sobre noviazgos de pueblo. La jugada se vuelca a la derecha y el delantero se interna en el área grande. Él permanece atónito. No se apresura a cortar la charla. Elige bien sus palabras, cierra correctamente las oraciones o remata adecuadamente algún chiste de esos que gusta contar. Sus compañeros se acordarán de él. Se lamentarán de su pasividad, de la quietud y ligereza con la que obra. Le exigirán a gritos que se apreste, despierte de esa larga siesta y salga al cruce solucionando la embestida rival. Pero él se tomará un segundo más, elegirá bien sus cortos, pero certeros movimientos. Dejará que corra el tiempo exacto, que los espacios y los caminos conduzcan a un mismo sitio, y cuando todo indique que será gol, Juanjo expondrá su cuerpo y evitará la caída del portero. A las horas de gimnasia del secundario y tus milagrosos cruces defensivos.