1999 (Francisco Bitar)
Lo primero que hay que decir es que este libro es parte de la serie De ahora en adelante. Una serie, si no autobiográfica, al menos en la que Bitar explora su vida, la revisita, haciéndola materia de su literatura.
Lo segundo es que esto no quiere decir que cada uno de los libros de la serie sea igual a otro en su forma y se distinga solo en su contenido, al contrario, Bitar aprovecha cada nuevo libro (de esta serie y en general) para probar un nuevo método. En este libro, 1999, eso es particularmente evidente. La novela, dividida en dos partes, arranca con una voz narradora que dice “Más de veinte años después, él anotaría: Pasa el tiempo y el año 1999 queda cada vez más lejos”. Inmediatamente, otra voz le contesta: “Lógico”. Uno se pregunta quiénes están hablando, quiénes son esos dos que dialogan, hasta que reconoce y celebra el artificio. Estas dos voces narradoras se van sucediendo, indicadas con raya de diálogo: una es la cantante, la otra hace el contrapunto.
Ese año, 1999, es clave para el personaje. Termina la secundaria, empieza la universidad, se anota en Abogacía por mandato paterno (“Kafka era abogado”, le dice para zanjar cualquier discusión vocacional). Pero no cursa: se escapa, no estudia, recorre la ciudad.
También aparece Efe, la chica de la que está enamorado y que se fue a estudiar (a vivir) a Rosario.
La novela es entonces una novela sobre la vocación, una novela sobre el amor y una novela sobre el tiempo: “Él no lo creía posible, pero incluso el recuerdo de ese año, hasta no hace mucho tan fresco en su memoria, parece ahora correr el riesgo de quedar sepultado bajo capas de vida”.
De todo nos enteramos por el diálogo entre las dos voces. Cuando la primera se regodea de más ensayando ideas, la segunda suelta alguna bomba para que la dialéctica explote y la trama avance. Así nos enteramos, por ejemplo, de las largas cartas que el protagonista le escribe a Efe, que luego se convierten en llamadas telefónicas y terminan en una invitación.
Una de sus frecuentes caminatas lo lleva sin proponérselo de la facultad de Derecho a la de Letras.
Después de esa caminata, él empieza a convertirse en escritor. Una de las voces nos explica el procedimiento (“la suya es una construcción de universos posibles por la vía de las suposiciones fluidas y cambiantes”) y luego nos cuenta cómo él lo pone en práctica, por ejemplo, con la chica de la fotocopiadora a la que apenas le ha dirigido la palabra pero con quien en su fantasía ya tienen una relación.
Pero pasa algo más al final de esa caminata epifánica. En lugar de volver a la casa se compra un pasaje a Rosario y cambia de ciudad. Nosotros, los lectores, pasamos de la parte uno a la dos. Las voces siguen hablando de él, a veces parece que lo van descubriendo al mismo tiempo que nosotros.
Una rima entre ambas partes. En las dos, al hacer referencia a un paisaje urbano, se echa mano a los fresnos cargados. En la parte 1: “es una noche sofocante, en que los faros de los autos proyectan sobre ellos, sobre sus caras, hojas inmóviles de fresnos todavía cargados”. En la parte 2: “Las ramas cargadas de los fresnos han descendido un centímetro y los caminantes más petisos, al rozarlas, se sienten de pronto fuertes”.
— ¿Qué pasa en la parte dos?
— No te lo voy a contar, hay que dejar algo para los lectores. Pero si te digo que hacia el final aparece un detalle que me hizo asentir con la cabeza. Las voces discuten sobre la inminencia del punto final y de repente se dan cuenta que el final del libro también será el final de ellas. O no, dice una, quizás seamos nosotras lo que perdure de este libro.
— Me gusta.
Rating: 5/5
Original: https://www.goodreads.com/review/show/7854858974