Colección particular (Gonzalo Eltesch)
Este fue el último libro que compré en la Feria del Libro de Santa Fe el pasado agosto y el primero que leí de los de ese “botín”. Por nada en particular, tal vez por estar arriba en la pila. En una de las muchas pilas que se armaron en mi escritorio estos meses.Lo compré en el stand de Chile y el editor me lo recomendó cuando le pedí una novela corta, después de que no le compré la edición que vendía de Bolaño por Bolaño, ya que yo tenía la original de Diego Portales. La única diferencia con la que ofrecía era un epílogo de Zambra que bien podía leer de pie en ese momento.
Ahora que me pongo a pensarlo, la razón por la que empecé a leer el libro fue por sus capítulos cortos. En promedio, media página, en un libro de páginas pequeñas. Algunos, de dos líneas. Era de mañana y Juani jugaba solo con sus imanes. Los capítulos brevísimos me permitían levantar la vista a intervalos regulares para asegurarme de que no se llevara los bloques a la boca.
El segundo sprint de lectura lo hice una mañana que fui al gimnasio y estaba cerrado. Me puse a leer mientras caminaba de una esquina a la otra, ida y vuelta. Nuevamente, los capítulos brevísimos me permitían no tropezar en los cambios de vereda.
Siempre que leo a un chileno me gusta ver cómo se desmarca de Bolaño y, de un tiempo a esta parte, cómo hace lo propio con Zambra. En este caso, el juego con la forma es la llave. De algún modo, dos historias se van intercalando. Una, en un presente poco definido, en la que el protagonista se relaciona con diferentes mujeres; otra, en el pasado, la historia del niño y de sus padres. Ninguna de las dos se cuenta en orden, pero la segunda es más nítida.
Hacia el final se pone un poco metaliteraria. Creo que no hacía falta. Y algunos de los capítulos de dos líneas podrían haberse eliminado. Más allá de eso, la novela cumple. Sus temas son la infancia, los padres, la memoria y Valparaíso.
Un subrayado: “Yo al principio sentía culpa por mi rechazo, sin embargo la costumbre es el mejor antídoto para las contradicciones”.
Mientras hoy leía las últimas entradas para dar por finalizado el libro llegué a una conclusión: la escritura fragmentada se beneficia de una lectura fragmentada. Me explico: creo que un libro como este —novela diario, pero sin orden e incluso con presente y pasado intercalados— gana si lo leemos intercalado con la vida, en lugar de hacerlo, como se dice, “de un tirón”. El aire que necesitó el escritor para armar el libro es entonces incorporado materialmente a la lectura.
Original: https://www.goodreads.com/review/show/8924903043
En una reciente charla pública con la autora, Analía me contaba que estos poemas surgieron en tiempos de pandemia. En particular, durante ese período soñó mucho. Tenía, entonces, un cuadernito en la mesita de luz y, cuando se despertaba, anotaba lo que había soñado y luego seguía durmiendo.
De Oyola leí todas sus novelas (menos Gólgota, que nunca conseguí), dos libros de cuentos y algo de lo que se animó a publicar en poesía. Por otro lado, después de ser muy popular durante varios años en la escena literaria, en los últimos lo había dejado de ver. Por eso, la aparición de un nuevo libro me entusiasmó.
Este libro son dos libros. O mejor: son cuatro textos de Bitar. Y algunas otras cosas.
Décadas escalas miniaturas, sin comas que separen las tres palabras, es un tríptico, un libro de tres cuentos que puede pensarse como tres placas que se pliegan sobre sí para hacer una.
A veces se acusa a Aira de escribir siempre la misma novela. Quienes lo hacen deben de haber leído solo dos o tres de sus más de cien, y la estadística no los favoreció. Es verdad que hay novelas que pueden reconocerse como “hermanas”, parte de un grupo de novelas de un impulso similar. Por ejemplo: “viejo sabio repasa su vida”, “recuerdo de un fragmento de infancia” o “locos acontecimientos se suceden”.
Ayer leí El congreso de literatura. Algo que me llamó la atención es que siempre que oía mencionar al libro era con el subtítulo de “la novela de los clones de Carlos Fuentes”. Sospecho ahora que esa afirmación viene de personas que leyeron la contratapa más que de lectores del libro.
Pequeño libro de poemas, creo el primero del autor. Lo leí en la edición original, inhallable, me dijo el vendedor del anticuario El Enamorado cuando me lo llevé, luego de también elogiarme el buen ojo.
En una taxonomía posible de los libros de Aira, esta novela caería en la misma categoría que Margarita (un recuerdo). Aquí está el recuerdo del niño remoto, la ficcionalización y el engorde del pasado familiar, y la certeza de que el adulto que vendrá será un artista pese a la herencia burguesa.
Cuentos cortos de misterio y resolución ambientados en una China milenaria de la tierra de la imaginación. Mis preferidos:
Si el mecanismo más famoso atribuido a Aira es la fuga hacia delante, esta novela ensaya una variante: la fuga con retorno al origen. ¿Cuál es ese origen? Está en el título: el divorcio de un ignoto norteamericano que decide fugarse a un país del sur mientras se calman las aguas de su desvinculación. Recala en el barrio porteño de Palermo y rápidamente se integra a su vida hedonista.
Las curas milagrosas del Doctor Aira es una novela típica de su autor en el sentido de que empieza a tientas, con dos partes en apariencia inconexas en las que se presenta al personaje (que, para mayor juego, lleva el nombre del autor): su estado actual y su historia. Hasta ahí, una novela de peripecias.
Buen ritmo pero se me hizo un poco inasible el sentido final. Dicho de otra forma: a pesar de ser un poema narrativa (un largo poema dividido en seis partes o seis versiones del mismo poema), entre forma y fondo, en mi lectura, sobresalió la forma.
Algo que me hizo ruido: un anacronismo ¿intencional? La novela transcurre supuestamente en el 83 pero los personajes usan el mail como si estuvieran en los 2000. En el capítulo final incluso aparece una notebook.
El libro esta formado por dos novelas cortas, pero en lugar de ser una a continuación de la otra tenemos una y para leer la otra hay que dar vuelta el libro y volver a empezar. Es decir, es un libro con dos tapas. No tiene contratapa.
El 26 de marzo, después de varios mensajes e intentos fallidos, pude coordinar, con un usuario de internet a quien no conocía, el intercambio de mi ejemplar de La hija de Keops, de Laiseca, por su El buen mal, de Samanta Schweblin. El libro estaba sonando y me dieron ganas de leerlo. Unos años antes había leído Distancia de rescate en una sola sentada. No tuve nunca en las manos sus anteriores libros de cuentos, pero leí algunos en internet. Tal vez, uno de cada uno. Tengo Kentukis en la biblioteca. Me la prestó una amiga hace unos años y nunca se la devolví. No la leí. Recuerdo haber empezado a hacerlo y desilusionarme. Luego leí malas críticas en internet y me amedrenté. Se sabe: como lector, a veces soy cobarde.
Creo que esta es la primera novela gráfica de Decur. Antes publicó libros que eran recopilaciones de tiras cómicas y viñetas.
El sábado pasado estuve en un casamiento y charlé con una niña llamada Margarita. Su nombre me quedó resonando y por eso el domingo pasado elegí esta novela de entre las muchas de Aira que tengo por leer.
Sobre César Aira se suele decir que en un momento de la escritura se aburre y termina las novelas abruptamente. En particular, el ejemplo canónico de este procedimiento que escuché más de una vez es el de una novela en la que al final al protagonista lo mata un caballo. Punto final.
Los ensayos de este libro son una unidad. Recorren la obra de Agustina (3 novelas y un libro de cuentos) y su forma de escribir. Más que interesante para quien esté interesado en métodos y en obras contemporáneas.
Si existe un tipo de novela de César Aira en la que cada capítulo redefine al anterior, el caso más simple es aquel en el que durante la primera mitad del libro creemos estar leyendo una cosa y en la segunda mitad eso se redefine por completo. El panadero es una novela de ese tipo.
Según mi diario, leí el primer capítulo de La sala el 23 de noviembre, en un kiosco de Aeroparque. En mi siguiente visita a Buenos Aires compré la novela, junto con otras diez o más. Las dejé todas sobre el escritorio y, después de Una aventura, se me antojó seguir con esta, quizá porque ya la tenía “empezada”.
El inicio y origen del libro es una anécdota mínima y reconocible. Tras romper con su novio, alguien frena por completo su intensa actividad tuitera para que él crea que le pasó algo y le escriba. No sucede. Pero sí ocurre otra cosa: muchas otras personas se hacen eco. Desconocidos le preguntan si está bien.
Ahora que la marco como leída y resto la fecha de inicio a la de fin, me doy cuenta de que leer esta novelita de menos de cien páginas de Aira me llevó casi diez días. Anoté en mi diario:
Empecé leyendo las primeras 130 páginas gratuitas. En la segunda página ya supe que no iba a poder dejar de leer esta novela.
Como las novelas de Aira qué más me gustan son las que trafican biografía, me atrapó particularmente la priemra parte del libro, en la que desde la óptica de la Princesa se nos habla del oficio de traductor.
Biografía, este es el nombre del personaje, se pregunta cómo hacer para llenar el tiempo. Está paranoico y más tarde que temprano comprenderemos por qué. Algo interesante es que una metáfora que aparece muy temprano en la novela pasa al plano de la realidad casi sin esfuerzo (para el lector; esto no es verdad en muchas novelas de Aira que nos exigen que aceptemos de una página a otra que toda la configuración alrededor de un personaje cambie casi por arte de magia) y se integra a la trama hasta el final del libro.
En la novela el autor de una Historia del Arte inconclusa que se dedica a la bebida se adentra a pie y sin preparación en uno de los bosques más extensos e inexplorados del planeta. “El bosque se alzaba frente a mí con la prepotencia del laberinto y el silencio del enigma”. La subtrama más interesante es la de los fondos de los cuadros de Picasso. El final, que podemos fechar en las últimas ocho líneas de la última página, es genial porque cierra tanto la trama de la novela como el impulso original que llevó a Aira a escribirla.
Chicos de la calle tiene un hallazgo qué es contar una historia de gangsters de Nueva York pero que hablan como rosarinos. En algún momento intenta fugarse hacia delante como en las novelas de Aira pero se queda corto. Incluso intenta dos veces introducir elementos desopilantes, pero ninguna de las dos veces va a fondo, la primera con un poder del protagonista que le permite modificar la realidad, la segunda con unas ardillas humanizadas qué aparecen en los últimos capítulos.
El bosque de Derian Passaglia es el primer libro de ensayos del autor. Si la palabra ensayo se siente muy cercana a “ensayo literario” y si los textos del libro reniegan de este parentesco por tener otra búsqueda, llamémoslo libro de no ficción. El bosque es entonces el primer libro de no ficción del autor y en palabras suyas el más personal. ¿Por qué? Hay varias razones. Una es que cada uno de los textos, si bien empieza abordando una obra artística o un personaje o una noticia trascendente, siempre termina inclinándose hacia un hecho personal, a veces personalísimo, de la biografía del autor. El registro diarístico no le es ajeno a El bosque. Otra razón es que el libro, ya no como obra publicada sino como manuscrito, acompañó a Derian durante varios años de su vida. Lo vemos en la ciudad natal, recordando la infancia. Lo vemos mudarse. Lo vemos incluso, si prestamos atención a los nombres femeninos que de vez en cuando deja caer, cambiar de pareja.
Los nuevos, la última y más extensa novela de Mairal, es también su regreso a los personajes adolescentes en textos de largo aliento. Desde el protagonista de Una noche con Sabrina Love, en la que un chico de pueblo se iba a la capital federal a encontrarse con su actriz porno preferida, el resto de sus novelas abordaron temas adultos: el padre, en El año perdido de Salvatierra; la involución/enfermedad en El año del desierto; la relación de pareja en La uruguaya.
Lo recibí ayer junto con otros tres libro del autor y lo empecé a hojear. Luego lo dejé en la barra de la cocina como suelo hacer con algunos libros que creo puedo leer mientras preparo el almuerzo o la cena.
Empecé a leer el libro durante la feria del libro al otro día de haberlo comprado. Anoté: "Leo gracias a la claridad que entra por la ventana mientras el bebé duerme y se cocina la salsa".
Primera novela de Aicardi, distinta en tono y propuesta de su segunda, Oliveros —más cercana a Stephen King, con niños y terrores de pueblo—. Aquí el registro es otro: la historia de un hombre de treinta años, edípico, que atraviesa la muerte de su padre. El relato se enmarca en un hogar dominado por la violencia: un padre brutal, una madre que lo idolatra con temor y un hijo que solo desea que su mamá sea feliz.
Aceptada la premisa de que alguien que pierde el lenguaje puede seguir siendo un ciudadano funcional, Bitar construye la más aireana de sus novelas. Es decir, al modo de César Aira: en apariencia ligera, especulativa, precisa, con un pie en la narración y otro en el pensamiento.
En febrero de 1945 los aliados bombardean Dresde. Esta nouvelle comienza unos días antes, siguiendo a una familia alemana víctima de la guerra. Pero de entre tantas familias destinadas a la tragedia, en esta hay una particularidad: la hija menor ha visto a la Virgen junto a un pozo de agua. Esa experiencia la marca para siempre, pues desde entonces escucha su voz y obedece sus órdenes. Esa obediencia, misteriosa y febril, será la que la guíe a través del infierno y le permita salir —¿ilesa?— de los escombros.
Lo primero que hay que decir es que este libro es parte de la serie De ahora en adelante. Una serie, si no autobiográfica, al menos en la que Bitar explora su vida, la revisita, haciéndola materia de su literatura.
Encontré la forma de El editor muy compatible con mis ritmos de lectura actuales: entradas que van de una línea a tres páginas, la mayoría de un párrafo. Una mezcla de diario, memorias y libro de curiosidades que se presenta como ficción.
El sábado 26 de julio llovía. Yo estaba en la peatonal, caminando y tomando un café mientras esperaba que me imprimieran unas veinte fotos del bebé para regalar por el Día de los Abuelos. En eso, pasé frente a Cúspide y recordé que unos meses atrás vi en su catálogo un libro que estaba buscando y lo encargué para retirar en la sucursal.
Novela de mini capítulos. Registro local. Pueblo y ciudad. Adentro y afuera. Personajes biográficos. Chicas en estaciones de servicio, el loquito del pueblo, la crecida, una familia postiza, la madre muerta cuya voz ya no se recuerda, el padre que se va a Paraguay, fumar, la noche, el colectivo de larga distancia que te lleva a la capital. "El colectivo salía a las doce y yo un rato antes cambié el paisaje para que nadie me fuera a despedir". El final, meta literario, no me gustó.